"junto al murmullo eterno que renueva
contra la almohada de algas y saliva
el doble agonizar donde desfila
una lenta teoría de panteras"
-Julio Cortázar, Helecho.
Hoy lavé tu almohada. Estaba amarilla de las lentas babas de la noche. Estaba llena de sueños. Es la almohada desde la que te saqué un montón de mañanas de las garras de una idea o dos que todavía te rasguñaban la espalda. Es la almohada en la que caíste muerto un montón de veces, cansado de tanto trabajar y sin poder acomodarte o cerrar la boca. Ahí te tumbaste después de estar toda la noche de fiesta muchísimas mañanas, con una sonrisa en los labios. Dormí en ella incluso un par de veces, segura y tranquila a tu lado. Es hermoso tener un amigo como tú, es hermoso poderte abrazar y pensar en las palabras preludio, casa. Eres el espíritu de un tigre, eres una nube.
Yo no sé con qué sueñas cuando terminas de mover un muro y reacomodar una ventana. Yo solo sé que nadie ha visto ni ve ni verá jamás lo mismo que has imaginado en tu reino de noche. Tu almohada estaba preñada de espejismos nocturnos, de suaves exhalaciones. La cargue con sumo cuidado, la acuné en el vientre de la lavadora y le deseé buen viaje. La vi sacudirse tiempo, volverse liviana y de azúcar. Admiré su transformación pausada, ella me hizo feliz y yo le devolví su blancura. Es una suave crónica, pero es cierta: como un remanso blando, tu nirvana níveo te espera.





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