jueves, septiembre 09, 2010

A few words on sharing a bed

Lo rico de compartir una cama con alguien con quien ya has dormido antes es que no hay awkwardness en cuanto a donde poner las extremidades. Las extremidades son el problema principal de la primera noche: el brazo debajo del cuerpo no le estorba al otro pero empieza a hormiguear relativamente rápido, más rápido de lo que logramos relajarnos lo suficiente como para dormirnos. Las piernas son otra cosa. Tratamos de no molestar ni invadir el espacio ajeno, pero recogerlas demasiado es señal de que nos sentimos incómodos, y envolver a la otra persona, empiernarnos, es quizá demasiado para una primera noche. Para un side-sleeper consumado, tener a alguien de frente y estar respirando el mismo aliento es incómodo en esa etapa primigenia en la que hay confianza suficiente para verse desnudos y coger, pero no la suficiente para dormir cara a cara.

Hay algo muy vulnerable en el acto de dormir juntos, una vulnerabilidad incluso mayor a la de acostarse. El sexo es para nuestra generación un acto glamorizado, con la capacidad de ser altamente ficticio. Dormir, en cambio, nos revela sumamente humanos.

Una vez que dormimos no podemos fingir. No podemos sumir la panza, no podemos cerrar la boca (si dormimos con ella abierta). No podemos dejar de roncar o gemir o hablar, de sonambulear o de abrazar o de poner caras. No traemos maquillaje, no podemos ser altaneros o rudos o sensuales. Somos enteramente vulnerables. Y eso da miedo.

Just sayin'.


0 comentarios: